Fin del Antiguo Régimen
Este ambiente reivindicativo de la clase trabajadora, al margen de las propias necesidades del pueblo, lo traen los aires revolucionarios que llegan de Francia; y en esta situación se produce la invasión francesa de 1808 que, en principio, en Rute, ni se le da más importancia, pensando que van de paso hacia portugal; y por otra parte no debieron de ser muchos los soldados que se alojaron puesto que la Corporación Municipal no registra el acontecimiento.
Sin embargo esta presencia se produce conforme el ejercito imperial avanza sobre Sevilla y Cádiz, hecho que los ruteños no aceptan, produciéndose una revuelta popular los días 11, 12, 13, 14 y 15 de Septiembre de 1810, que adquiere carácter insurreccional extendiéndose por toda la campiña, lo que obliga al Gobernador Militar de Córdoba, el Barón de Saint-Pol a ponerse al frente de varias columnas francesas para restablecer el orden. Desde Lucena, donde establece su cuartel general da un bando con una amnistía plena o perdón general para los ruteños , advirtiéndoles , por otra parte, que los que no se acojan a dicho perdón y mantengan su actitud, serán perseguidos para ser juzgados y sus bienes secuestrados.
A pesar de ello la conducta del pueblo no sufrió alteración. Seguramente de las pocas veces que el pueblo español en general y el ruteño en particular ha sabido mayoritariamente lo que quería, ésta ocasión fue una de ellas. Rute no se doblegó a las exigencias del Gobernador Militar francés y en cambio dos años más tarde, el 18 de Octubre de 1812, acudió al Ayuntamiento a oír la publicación de la Constitución aprobada por las Cortes de Cádiz de 19 de Marzo de aquel año en una jornada de fiesta con repique de campanas incluido, así como a la solemne misa que a continuación se ofició en la Parroquia de Santa Catalina y en cuyo ofertorio todo el pueblo, a la pregunta formulada por el Juez de Primera Instancia del Partido: ¿Juran por Dios y los Santos Evangelios guardar la Consitutución política de la Monarquía Española sancionada por las Cortes generales y extraordinarias de la Nación y ser fieles al rey?, respondió como una sola persona: Sí juro; terminando el acto con un solemne Te Deum.
Pasados estos momentos de exaltación patriótica, el pueblo vive, las más de las veces, los convulsos acontecimientos que trae el siglo. Quizás el que más le afectó fue la famosa desamortización de Mendizábal, por la que no sólo la Iglesia -capellanías, cofradías, etc.- perdían prácticamente todos sus bienes, sino que otro tanto le ocurría al Ayuntamiento, que vio enajenados buena parte de su patrimonio consistente en la casi totalidad de sus bienes rurales, que lejos de resolver problemas sociales, como se quizo presentar la desamortización, lo que hizo fue agudizarlos, puesto que los ricos, -compradores de estos bienes a bajo precio-, fueron más ricos y los pobres más pobres y, en consecuencia, más depedientes de esta oligarquía dominante.
No obstante, Rute, siempre hizo gala de pueblo laborioso y trabajador, gracias a lo cual se inicia la industrialización de nuestro pueblo a través de las fábricas de aguardientes, como la de jamones y embutidos del cerdo. Seguramente esta actividad en la que vive es fundamental para no verse involucrado en el levantamiento de Pérez del Alamo que a tantos pueblos de la comarca afectó y tan luctuosas consecuencias trajo consigo. Sin embargo la conciencia social y política ruteñas hace que, poco después, el pueblo reciba con verdadero entusiasmo la derrota del ejercito isabelino en la batalla del Puente de Alcolea, 1868, y la proclamación del Gobierno Provisional del General Serrano, Duque de la Torre, lo que se conoce como «La Gloriosa».
A partir de aquí y por un espacio de siete años, Rute, como el resto del Estado vivió los avatares propios de los cambios políticos que se desarrollaron, afortunadamente sin derramamiento de sangre: La proclamación de don Amadeo de Saboya, como Rey de España, su renuncia, con la posterior proclamación de la República, en la que se suceden los presidentes a una media de tres meses de mandato y finalmente la proclamación de D. Alfonso XII, tras el pronunciamiento militar del General Martínez Campos en Sagunto.
Estos acontecimientos, lógicamente, dividen a la opinión ruteña, no solamente al pueblo llano sino a su clase dirigente, puesto que ambos regímenes contaban con no pocos seguidores. Al propio tiempo se aprecian los primeros indicios anticlericales; todo ello está indicando que una nueva etapa de la historia está empezando en la que el pueblo pide un protagonismo que hasta ese momento no ha tenido, surgiendo, aunque tímidamente, el movimiento obrero a la vez que se hace patente la industrialización del más genuino de los productos ruteños: las fábricas de aguardiente. Con las características con que hoy se conocen, surgen despues de sufrir la crisis que se produjo en el último cuarto del siglo XIX, con la epidemia de filoxera que terminó con las viñas del término, hasta entonces principal materia prima de este producto, ante lo cual los fabricantes de aguardientes trajeron como producto básico de sus fabricados, en sustitución de la desaparecida uva, alcohol de melazas, naciendo entonces las actuales fábricas de anisados.
Durante esta época Rute experimenta una transformación sin precedentes, que lo sitúa entre los primeros pueblos de la provincia. Su población que estaba estabilizada en ocho mil habitantes, pasa a casi once mil; su Partido Judicial lo comprendía junto a su municipio los de Iznájar, Benamejí, Palenciana y durante unos años el de Zambra, ello propicia que sea la sede de la oficina del Registro de la propiedad y de la de Recaudación de Tributos del Estado.
En el orden eclesiástico, extinguida su Abadía, la Parroquia de Santa Catalina es sede de Arciprestazgo, formado por esta Parroquia y la de Iznájar, Benamejí, Palenciana, Zambra, Villanueva de Tapia y a partir 4 de Noviembre de 1889, la de San Francisco de Asís, erigida en esa fecha por el Obispo de Córdoba D. Sebastián Herrero y Espinosa de los Monteros.
Otro tanto puede decirse de su agricultura, que no deja de repoblarse de olivares tanto en los pagos de los antiguos viñedos como en las dehesas y encinares que se convierten en tierra de labor, con lo que no solo se aumenta su producción de aceite, sino la de puestos de trabajo en este sector.
Este innegable progreso socio-político-económico, sin precedentes, en buena medida está auspiciado por un alcalde excepcional: don Juan Crisóstomo Mangas, que consagró prácticamente su vida en conseguir la paz y prosperidad de su pueblo, parangonándolo con los más prósperos de la provincia.
Este ilustre patricio, a su muerte, como muestra del amor que le tuvo a su pueblo fundó el asilo que lleva su nombre, «a favor de los pobres, de los ancianos y de los huérfanos de esta población...» que fue inaugurado por el Padre Zegrí el 15 de Agosto de 1881, y ha estado regido hasta 1993 por las Hermanas Mercedarias de la Caridad. En la actualidad cuenta con más de ciento veinte residentes asistido por veinte personas de servicio.
En este sentido ya se había fundado un hospital en las postrimerías del siglo XVIII, por voluntad de don Alfonso de Castro y en 1898 se fundó lo que hoy es escuela Hogar Fundación Juan de Dios Jiménez, ambas instituciones regidas también por las Hermanas Mercedarias de la caridad. Estas fundaciones son todo un rasgo de desprendimiento generoso y solidaridad de unos ruteños para con su pueblo.